“Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: ‘¡El que de ustedes este sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra!’”1
Continuando con la serie “Dama de la noche”… les contaba cómo, en un viaje al Este, se me acerco una joven mujer de nombre Toni (no es su nombre real) en el vestíbulo del hotel.
Después de responder a varias preguntas sobre su vida, Toni parecía sospechar algo y de repente exclamó, “Espera, Ricardo, espera un minuto. Nunca nadie en toda mi vida me había hablado de la manera. ¿Por cierto, quién es usted? ¿A qué se dedica? “
Oh no, pensé, si le digo quien soy y lo que hago, ella se cerrará y ese será el final de la conversación.”
No quise responderá su pregunta y solo le sonríe con una sonrisa un tanto tímida. Probablemente aprendí la técnica de la sonrisa tímida en mi niñez, como una forma para desarmar a mi madre cuando estaba enojada conmigo. En aquel entonces me funcionaba. Pero no fue así esta vez. Así que decidí decirle la verdad a Toni.
“No me lo vas a creer,” respondí finalmente, “pero soy un ministro religioso,” a lo cual esperaba que ella me diera cualquier excusa y se alejará.
Pero Toni ni siquiera parpadeó. Tan rápida como el rayo respondió, “¿Me quiere decir que usted cree en Dios?
“Sí,” respondí un poco aliviado de que mi respuesta no la hizo dares la vuelta y alejarse.
“Yo también,” respondió Toni y continuó, “Yo oró en la regadera (ducha) y pido a Dios que me perdone mis pecados.”
Muy interesante, me dije a mí mismo. Eso es muy común. Como Pilatos quien se lavó las manos después de condenar a Jesús a ser crucificado, las personas aún tratan de lavar sus culpas—algo que el agua o el acto simbólico de lavarse no lo puede hacer. Sólo Dios puede quitar y lavar nuestras culpas.
Pero Toni no me dio oportunidad de responder de nuevo. Ella sólo se abrió conmigo. Me dijo todo acerca de su familia y su trabajo, cuanto detestaba lo que hacía, lo infeliz que había sido siempre, como sintió que su padre la rechazó y abandonó al moverse a mas de 1500 kilómetros de distancia. Ella no lo había visto desde que era una pequeñita. Se sentía muy lastimada interiormente por el abandono de su padre. También me dijo a su manera lo mucho que odiaba a su madre.
Y entonces vino el momento de la verdad. Sabía que llegaría ese momento, pero no sabía a ciencia cierta lo que seria. “Ricardo,” dijo Toni con lagrimas en los ojos, “en toda mi vida nunca he sentido que alguien me haya amado. Estoy terriblemente sola todo el tiempo.”
Sentí la humedad de mis propios ojos, y le dije con toda sinceridad “Puedo entender cómo te sientes.” “Yo también vengo de un hogar roto. Mis padres eran divorciados. Y yo odiaba a mi padre porque me sentía rechazado por él. Yo sé lo como es el sentirse solo—como que si estuvieses solo en el mundo y nadie te quiere o se preocupa de por tu existencia. Yo sé exactamente cómo se siente—lo sé muy bien.”
Continuará….
Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, libérame del ‘tirar piedras’ a aquellos que siento que no están viviendo dentro de mis ideales. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, Amén.”
1. San Juan 8:7 (NLT).
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