Ángeles incógnitos

“No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.”1

Había una vez un pequeño que deseaba conocer a Dios, o así va la  historia. Él sabía que era un largo viaje para llegar a donde Dios vive, así que él guardo en su maleta unos pastelillos, varias latas de refresco/soda e inició su viaje.

Cuando él había avanzado cerca de tres bloques/cuadras, él vio a una mujer mayor. Ella estaba sentada en un banco del parque mirando a las palomas. El niño se sentó junto a ella y abrió su maleta. Él estaba a punto de tomarle a su bebida cuando notó que la señora parecida hambrienta así que él le ofreció un pastelillo. Sonriendo ella lo aceptó agradecida.

Su sonrisa era tan hermosa que él deseó verla de nuevo, así que también le ofreció un refresco. Una vez más ella le sonrió. ¡El niño estaba fascinado!

Ellos permanecieron sentados allí por el resto de la tarde comiendo y sonriendo sin decir una sola palabra.

Cuando empezó a obscurecer, el niño se dio cuenta de lo cansado que estaba y quiso irse a casa. Se levantó para irse pero había avanzado solo unos cuantos pasos, cuando se regresó y corrió hacia la anciana, dándole un gran abrazo. Ella le dio la más grande de sus sonrisas.

Cuando el niño regresó a casa su madre estaba sorprendida por la felicidad que su rostro transmitía. Ella le preguntó, “¿Qué es lo que te ha hecho tan feliz el día de hoy?” Él respondió, “Tome el almuerzo con Dios.” Antes de que su madre pudiera responder el agregó, “¿Sabes qué?” ¡Ella tiene la sonrisa más hermosa del mundo!”

Mientras tanto, la anciana, radiante de felicidad regreso a su casa. Su hijo estaba sorprendido de la paz que se reflejaba en su rostro. Él preguntó “Madre, ¿Qué es lo que te ha hecho tan feliz el día de hoy?” Ella respondió, “comí pastelillos con Dios en el parque.” Y antes de que su hijo pudiera responder, ella agregó, “Sabes, él es mucho más joven de lo que yo esperaba.”

Muy seguido subestimamos el poder de una caricia, de una sonrisa, de una palabra amable, de alguien que nos escuche, de un cumplido honesto, o el más pequeño acto de preocupación; todos ellos tienen el potencial de cambiar nuestras vidas por completo.

La gente entra en nuestras vidas por una razón, una estación, o por el curso de la vida. No tomemos a nadie a la ligera, aceptemos a todos con la misma alegría.2

Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, por favor ayúdame a vivr en tal manera que la gente vea a Jesús en mí y, al verlo en mí, deseen que Jesús este en sus vidas también. Gracias por escuchar y responder a mi oración. Agradecidamente en el nombre de Jesús, amen.”

1. Hebreos 13:2 (NKJV).
2. Creo que esta historia la escribió Leo Buscaglia, autor de Living, Loving and Learning. Si alguien lo sabe por seguro, por favor déjenmelo saber.

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