“Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones. Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado.”1
Richard Halverson en Pulpit Helps (Ayudas para el Pulpito) hace la pregunta “¿Quién no ha fallado? El Apóstol Pablo fallo, Pedro fallo, cada uno de los doce discípulos fallo. David, el rey más grande de Israel, ‘un hombre conforme al corazón de Dios,’ fallo. Moisés, un gigante entre los Israelitas, dador de la ley, libertador de su gente, fallo. Jacob, padre de Israel, fallo. Isaac, hijo de promesa, fallo. Abraham, progenitor de Israel, padre de los fieles, prototipo de aquellos quienes son justos por fe, fallo. Hasta nuestros padres, en su perfección humana, fallaron. ¿Quién no ha fallado?
“El problema no es fallar; es lo que uno hace después de haber fallado. El tomar el fracaso como el final es ser un fracaso. El ver el fracaso en la escuela del espíritu de [Dios] es dejar que el fracaso contribuya a nuestro crecimiento en Cristo.”
Cuando fallamos, lo importante es levantarnos, confesarlo a Dios y, cuando sea necesario, a la persona quien hemos dañado si hemos dañado a alguien, y pedirles perdón. Luego necesitamos perdonarnos a nosotros mismos tal como Dios nos perdona, y aprender de esa experiencia.
Recuerde, también, no es la meta de Dios hacernos buenos pero hacernos completos, y entre más completos y maduros seamos, lo menos que actuaremos en maneras destructivas—y lo menos que fallaremos. El único fracaso real, después de que hemos caído o nos han tumbado, es no levantarse una vez más.
Oración sugerida: “Querido Dios, por favor perdóname por donde he fallado (sea especifico) y ayúdame a aprender y crecer por medio de esta experiencia para que no haga el mismo error otra vez. Gracias por escuchar y contestar mi oración. Te agradezco. En el nombre de Jesús, amen.”
1. Salmos 51:1-2 (NVI).
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