Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?”1
La cultura en los días de Jesús era bastante diferente a la nuestro excepto, tal vez, por el racismo. En una ocasión cuando Jesús quería llegar a la villa de unos Samaritanos con su mensaje de salvación, se detuvo junto a un pozo e hizo amistad con una mujer de samaritana. Esto definitivamente no era aceptable para un judío porque los judíos no hacían transacciones con los Samaritanos.
Pero no así Jesús. Después de pedirle a la mujer algo de tomar y una conversación casual él dirigió la conversación hacia asuntos espirituales. No sólo era ésta mujer una Samaritana pero una que había vivido una vida muy interesante y Jesús sabía exactamente qué tipo de persona era ella. Ella no era aceptada por la sociedad, lo cual era obvio por el hecho de que ella sacaba agua del pozo durante el mediodía. El resto de las mujeres en la villa lo hacían al atardecer.
Jesús le dijo a la mujer, “Ve por tu marido y tráelo contigo.”
Ella contestó, “No tengo marido”
“! Lo sé” respondió Jesús, has tenido cinco y el hombre con quien estás ahora no es tu marido!”
Esa no sería una muy buena reputación aún en nuestros días, mucho menos en esa sociedad.
Y aún así, ésta era la mujer que Jesús eligió para llevar el mensaje del evangelio a la villa—lo cual ella hizo—y la gente fue por si misma a ver y escuchar a Jesús. ¿Cuántos de nosotros trataríamos a una mujer como ella de esa manera?
Jesús quien mantenía unos estándares morales altísimos y fuertes ideas con respecto al matrimonio no estaba sorprendido con el estilo de vida de ésta mujer. El miró más allá de lo externo y miro en su corazón. Aquí estaba una mujer que necesitaba la salvación y estaba dispuesta a aceptarlo.
Tampoco se sorprende Dios cuando nosotros estamos dispuestos a admitir nuestras necesidades, pecados y faltas y se las llevamos a él para que nos de su perdón—ni cuando reconocemos que estamos mal y venimos a él para que nos sane y nos libere.
Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, gracias por quererme y aceptarme como soy. Por favor ayúdame a sanar mis heridas y ayúdame a amar y aceptar a los demás como tú me amas y aceptas. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, amén.”
1. San Juan 4:29 (NIV).
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