“Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de curdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y dijo a los que vendían palomas; quitad de aquí esto; no hagan de la casa de mi Padre, casa de mercado.”1
De una cosa podemos estar seguros: Jesús no trataba de complacer a las personas. La realidad es que los que tratan de complacer a los demás inevitablemente se frustran y se molestan porque no obtienen la respuesta que ellos desean al tratar de complacer a los demás, y al final terminar sin complacer a nadie.
No es posible complacer a todos. Cuando lo intentamos, lo hacemos por nuestra necesidad de aprobación—un substituto del amor. Como lo dijo una persona, “Si tienes que pararte de cabeza para complacer a los demás, todo lo que puedes obtener será sólo un dolor de cabeza.”
O como alguien más lo dijo, “Si apoyas algún tipo de idea habrá personas que estarán contigo y otras que estarán en tu contra. Pero si no apoyas nada, no tendrá a nadie en tu contra—y nadie contigo.”
Como lo indiqué anteriormente, Jesús no era de los que “complacen a los demás.” El representaba la verdad y lo justo sin importarle lo que los demás pensarán sobre él. Que Dios nos ayude a todos a hacer lo mismo.
Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, ayúdame a encontrar la seguridad interior en tu amor y en el amor de otros para así no estar buscando el amor al tratar de complacer a los demás. Libérame de esta atadura. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, Amén.”
1. Jesús (Juan 2:14-16, NIV).
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