Sin lugar donde esconderse

“Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia ahora que han probado lo bueno que es el Señor.”1

Hace poco leí acerca de un niño que le gustaba jugar a Súperman – hombre de acero.

Cada mañana Ray de tres años le pedía a su madre que le sujetara una toalla en la parte de atrás de su camiseta talla 2T. Inmediatamente en su pequeña imaginación la toalla se convertía en la mágica capa azul y roja. Y él se convertía en Súperman.

Vestido con su “capa” todos los días de Ray estaban llenos de aventuras y escapes peligrosos. En su mente, no solo jugaba a ser Súperman, él ERA Súperman. Este hecho fue claro cuando su madre lo inscribió en el Jardín de Niños (kindergarten). Durante la entrevista, la maestra le pregunto su nombre a Ray.

“Súperman,” respondió en forma educada y sin pausar.

La maestra sonrió, miro en forma apreciativa a la madre y volvió a preguntar, “Tu nombre verdadero, por favor.”

De nuevo Ray contestó, “Súperman.”

Comprendiendo que la situación requería más autoridad, o tal vez para esconder su sorpresa, la maestra cerró los ojos por un momento, y con una voz firme dijo, “necesito tener tu nombre verdadero para los archivos.”

Sintiendo que tenía que ser sincero con la maestra, Ray miro alrededor del salón, se inclinó hacia ella y tocando ligeramente la toalla en su espalda, respondió en voz bajo casi en secreto, “Clark Kent.”2

Nos reímos de la imaginación de este niño y del autoengaño infantil. Por desgracia, muchos de nosotros como adultos ponemos en una cara pública (nuestra máscara de Súper-lo que sea) y pretendemos ser en el exterior lo que no somos en el interior para que nos aprecien y nos acepten—como un medio para evitar el enfrentarnos a nuestra propia realidad. Y cuando vivimos con este engaño durante tanto tiempo, terminamos creyendo que nuestra máscara es el verdadero yo. A las personas les puede “agradar” mi máscara pública pero mientras oculte a mi verdadero yo, nunca se sentiré querido y acabaré viviendo entre las personas pero aparte. La realidad es que yo sólo puedo ser amado en la medida en la que se me conoce.

Además, a menos que admita a Dios y a mí mismo quien soy realmente, nunca seré capaz de sentirme realmente perdonado ni plenamente querido. Tratamos, como Adán cuando él pecó, de ocultarnos de Dios, lo que es totalmente irreal, ya que nunca podemos ocultarnos de Dios no importa cómo y cuanto lo intentemos. Como David lo escribió, “¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia?”3 Es mucho más prudente y mucho más saludable el venir a Dios y admitir quienes somos en realidad, pedir y encontrar su perdón y ser libre para crecer y convertirnos en todos lo que Dios ha planeado para nosotros.

Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, gracias por conocerme tal y como soy y aun así amarme. Sin embrago, ayúdame a dejar de esconderme detrás de un frente falso, a ser honesto conmigo mismo y contigo para así poder experimentar tu perdón y ser todo lo que tu deseas que sea, y ser un canal abierto a través del cual tu amor flotará hacia los demás. Gracias por escuchar y responder a mis oraciones. En el nombre de Jesús, amen.”

1. 1 Pedro 2:1,3 (TLB)(NLT).
2. Fuente desconocida.
3. Salmos 139:1-7 (NVI).

<:))))><

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>