“Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí. Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa. Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa.”1
En una ocasión pregunte en una clase que estaba enseñando, en su opinión, cual es la causa número uno de la debilidad de la iglesia en la actualidad. Un humorista respondió, “La apatía, ¿pero a quien le importa?”
Si se me hubiera formulado esta pregunta, yo diría que en muchos casos nos hemos vuelto como un programa centrado en lugar de estar centrados en las personas. Algunos están aún demasiado centrados en la Biblia o demasiado centrados en la doctrina. Ahora, antes de describirme como hereje, permítanme explicarlo.
Cierto, en nuestra relación con Dios tenemos que estar centrados en Cristo. En nuestra enseñanza doctrinal y en nuestra forma de vida tenemos que estar centrados en la Biblia, pero al dar el ministerio a los demás tenemos que estar centrados en las personas, ya sea desde el púlpito o entre nosotros las personas laicas en nuestras relaciones con los demás.
La mayoría de los líderes religiosos de los días de Jesús estaban centrados en las doctrinas. Es decir, amaba a sus enseñanzas doctrinales más de lo que ellos amaban a las personas—y utilizaban sus enseñanzas para controlar y condenar a las personas. Algunos líderes religiosos todavía hacen eso hoy en día. Otros líderes aman sus programas y utilizan a las personas para apoyar y trabajar en sus programas. Mal hecho. En lugar de amar a la gente y de utilizar los programas, ellos aman los programas y utilizan a las personas.
En su ministerio Jesús nunca estuvo centrado en un programa, pero en su lugar, siempre se centro en las personas. Es decir, comenzó con las necesidades de las personas y aplicó su mensaje y lo que hizo para satisfacer esas necesidades.
Zaqueo, el odiado recaudador de impuestos, era una persona de pequeña estatura que se subió a un árbol para poder ver bien a Jesús cuando este llegó a la ciudad. Jesús, sintiendo su necesidad de aceptación, no le predicó o le citó versículos de la Biblia. Simplemente le dijo, “Zaqueo, baja de inmediato. Yo debo permanecer en tu casa hoy.” Al entrar en su casa, Zaqueo comenzó a confesar sus pecados. Sorprendente. Cuando Jesús lleno esa necesidad presente de sentirse aceptado la cual era una necesidad social y emocional, Zaqueo pasó a ser consciente de su más profunda necesidad espiritual. Para el hombre ciego, y otras personas necesitadas, la pregunta de Jesús era la básica, “¿Que deseas que haga por ti?”
Si nuestras iglesias y nosotros vamos a ser como Cristo para con los demás, ya sea que seamos líderes, profesores o personas laicas, nosotros, también, tenemos que estar conscientes de las necesidades actuales de las personas y buscar, en el nombre de Cristo, el orar por esas necesidades. El predicar el Evangelio a las personas sin hogar o hambrientas tiene poco sentido sin primero intentar alimentarles y encontrarles refugio. Gracias a Dios por las misiones que buscan hacer esto. Además, tiene muy poco sentido el decirle a las personas que están sufriendo, que están solos, y decepcionado, que Dios les ama si hacemos poco o nada para ayudarles a satisfacer sus necesita. Es cierto, existe una necesidad de compartir el Evangelio, pero antes de hacerlo, necesitamos vivirlo y demostrarlo en lo que hacemos mucho más que en lo que decimos.
En ese momento, aunque no sea discernible, cuando cambiamos de estar centrados en las personas y nos concentramos en los programas, comenzamos a perder nuestra efectividad y empezamos a morir.
Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, por favor ayúdame a ser comprensivo y a ser como Cristo al tratar de llegar a los demás y buscar el dar ministerio a sus necesidades actuales. Ayúdame a amar a las personas y a usar los programas para ayudarles en sus necesidades, y a nunca usar a las personas para promover mis programas personales para satisfacer mis necesidades. Gracias por escucharme y responder a mis oraciones. De todo corazón, en el nombre de Jesús, amén.”
1. Lucas 19:4-6 (NIV).
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