“Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley Moisés nos mandó a apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices? Con esta pregunta le estaban tendiendo una trampa, para tener de qué acusarlo.”1
La mujer habiendo sido sorprendida en el acto del adulterio y llevada a Jesús para que fuese juzgada es un hecho claro de los motivos de los fanáticos religiosos que habían llevado a la mujer frente a Jesús. Por ejemplo, ¿dónde estaba el hombre adultero? En realidad las piedras en sus ropas eran para Jesús y no para la mujer. Ella era simplemente una pieza en el juego que los hipócritas líderes religiosos estaban jugando. Ellos estaban extremadamente celosos de Jesús y trataban de destruirlo.
Se puede imaginar a esos intolerantes alegrándose entre sí. “Cualquiera que fuera la respuesta de Jesús, ellos pensaban que él se condenaría. “Si él dice que debemos castigarla conforme a la ley de Dios, le acusaremos de no tener misericordia. Si dice que la dejemos libre, entonces le acusaremos de romper la ley divina.”
Por lo tanto, permanecieron allí rodeando a Jesús y a la aterrorizada mujer. Eran como una manada de lobos hambrientos a la espera para lanzarse sobre su presa — en este caso la presa era Jesús.
¿Estaban preocupados por la mujer? En lo absoluto.
“Ahora, maestro,” se dirigieron en forma sarcástica a Jesús, “esta mujer fue atrapada cometiendo adulterio — en el acto mismo ni más ni menos. La ley divina exige que dicha mujer ser lapidadas. ¿Cuál es su sentencia?”
Jesús les ignoró. Él se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo. ¿tal vez, sólo quizá, escribiendo los nombres de los hombres en el grupo que también habían cometido adulterio? Y como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo: “Es verdad, la ley de Dios dice debe ser lapidada. Vamos. Láncenle las piedras.”
Sin embargo, después de una breve pausa silenciosa, con una mirada intensa a los ojos de cada uno de los acusadores de esa mujer, una mirada que atravesó hasta la profundidad de sus conciencias: Jesús agregó, “¡Esperen! Hay una condición: ¡dejen que el hombre que nunca ha pecado sea quien tire la primera piedra!”
¡Sorpresa!
El silencio fue increíble. Ahora mas como cachorros asustados, metieron si hipócrita cola entre sus patas y se alejaron a toda prisa.
Y entonces, Jesús, con un gran corazón compasivo que comprendía la gran necesidad de la mujer, le dijo, Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena?”
De nuevo hubo un gran silencio
“No, Señor,” respondió ella, “todos se han ido.”
Entonces Jesús hizo un profundo pero sencillo comentario: “Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar.”2
Continuará.
Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, por favor libérame del ser una persona que culpe a los demás cuando yo mismo he cometido el mismo pecado o uno similar. Y como tú, y debido a que me has perdonado, ayúdame a tener la compasión por aquellos que admiten y confiesan sus pecados. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, Amén.”
1. Juan 8:2-6 (NVI).
2. Vea Juan 8:1-11.
NOTA: El Encuentro Diario de hoy fue adaptado de Odio dar testimonio — un folleto para una comunicación cristiana efectiva, © de Dick Innes (edición 2010), pagina 160-163. Disponible en www.actscom.com/store
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