“¡Ay de los que descienden a Egipto en busca de ayuda, de los que se apoyan en la caballería, de los que confían en la multitud de sus carros de guerra y en la gran fuerza de sus jinetes, pero no toman en cuenta al Santo de Israel, ni buscan al Señor!”1
Algunos años atrás, el Profesor John Passmore hablando de la capital de Australia, Canberra, dijo que era una de las ciudades mejor planeadas, compuestas y ordenadas de todo el mundo (fue diseñada por el Americano Walter Burleigh Griffin). Fue un intento en construir “un ambiente urbano ideal para el futuro.”
Sin embargo, a pesar de todos los mejores planes del hombre, Canberra ha tenido [por lo menos en el pasado] una de las cantidades más grandes de suicidios en el país, el número más alto de desempleo, y el número más alto de matrimonios rotos.
En nuestra sociedad contemporánea del Oeste hemos agudizado la mente, nos hemos esforzado por tener excelencia tecnológica y científica, hemos construido los medios más grandes de sistemas de transporte y comunicación en la historia del mundo. Pero como el Antiguo Egipto, hemos puesto nuestra confianza en nuestro propio poder y en las cosas que hemos desarrollado, y hemos ignorado el espíritu y no nos hemos basado en Dios.
A menos de que regresemos a Dios como nación, inevitablemente iremos al mismo rumbo que el Antiguo Egipto y otras civilizaciones quienes se olvidaron de Dios.
Oración sugerida: “Querido Dios, ayúdanos como nación a recordar que ‘la vigilancia eterna sigue siendo el precio de la libertad’ y ‘bendita es la nación de cual Dios es el Señor.’ Por favor ayúdame a vivir de tal manera. Gracias por escuchar y contestar mi oración. Te agradezco. En el nombre de Jesús, amen.”
Isaías 31:1 (NVI).
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