El Apóstol Pablo dijo, “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe.”1
Una de mis citas favoritas es de Teodoro Roosevelt quien dijo, “En la batalla de la vida no es el crítico que cuenta. No el hombre que apunta para indicar al hombre que tropezó o donde se podrían haber conseguido los mejores resultados. El crédito pertenece al hombre que está en la arena; cuya cara esta sucia por el polvo, sudor y sangre; quién lucha valerosamente; quién yerra y se equivoca repetidas veces; quién sabe de grandes entusiasmos, de grandes dedicaciones y se concentra en una causa digna. Quién, en su mejor momento conoce el triunfo del alto logro; y quién, en el peor de los casos, si él falla, por lo menos falla mientras que lo intentaba, de modo que su lugar nunca esté con esas almas frías y tímidas que no conocerán ni la victoria ni la derrota.”
Y como alguien más lo dijo: Es mejor haber intentado y fallado que a nunca haberlo intentado.”
Sin embargo, cuando buscamos y descubrimos el plan y el propósito de Dios para nuestras vidas y damos nuestros todos a tan noble y digna causa, tal vez nunca tendremos nuestro nombre escrito en las carteleras junto a los ricos y los famosos, y aunque tropezamos y caemos mil veces, mientras sigamos levantándonos y continuemos, no podremos fallar y los resultados duraran para toda la eternidad.
Como lo dijo el mártir misionario Jim Elliot, no es ningún tonto el que da lo que él no puede guardar para ganar lo que él no puede perder.”
Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, ayúdame a ver tu plan y propósito para mi vida, dame el valor para hacerlo con todo mi corazón y a nunca darme por vencido sabiendo que tú estarás conmigo hasta el final. Y entonces, al final del viaje, yo pueda escuchar tus palabras de bienvenida, ‘Bien hecho mi buen y fiel siervo. Entra a la gloria del Señor.’ Gracias por escuchar y responder a mi oración. Agradecidamente en el nombre de Jesús, amen.”
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