“Porque la vida de toda criatura está en la sangre. Yo mismo se la he dado a ustedes sobre el altar, para que hagan propiciación por ustedes mismos, ya que la propiciación se hace por medio de la sangre.”1 “Después tomó la copa, dio gracias, y se la ofreció diciéndoles: —Beban de ella todos ustedes. Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados.”2
Según Douglas Starr, “para el final de la segunda guerra mundial, millones de militares le deberían la vida a la nueva ciencia—e industria—de la sangre y los productos de la misma. Apenas algunos años antes, nada de esto habría sido imaginable. De no ser por una movilización a nivel nacional de las comunidades médicas, científicas y militares al principio de la segunda guerra mundial, la necesidad por las transfusiones sanguíneas de emergencia a gran escala no habría sido posible.
“Una figura dominante en el esfuerzo fue un bioquímico de Harvard llamado Edwin Cohn. A partir del 1940 hasta el final de la guerra, Cohn dirigió un proyecto para analizar la sangre—la separaba en sus componentes más básicos para encontrar aquellos que serían los más útiles para el campo de batalla. Su trabajo hizo que la sangre de ser un líquido corporal se convirtiera en una materia nacional y lanzó así una nueva rama dentro de la industria farmacéutica.
“En 1953, en la edad de 61, Edwin Cohn sufrió una embolia masiva y murió de una hemorragia cerebral. Poco después la guerra, él había dado los derechos de la patente al proceso que él desarrolló. La sangre, pensó él, debe ser utilizada para el bienestar de la humanidad. Él nunca trató de sacar provecho de la situación.”3
En los días del Antiguo Testamento Dios declaró a los antiguos Israelíes que “la vida está en la sangre.” Y cuando Jesús vertió su sangre en la cruz del Calvario, él vertía su vida para la remisión (perdón) de sus pecados y los míos. Y él hizo esto libremente—sin recibir nada d nadie. Las noticias maravillosas son que ya que Jesús vivió una vida sin pecados, la muerte no podría sostenerlo en el sepulcro. Y debido a la resurrección de Cristo todos los que le han aceptado como a su salvador y recibido el perdón de Dios se levantará otra vez y vivirá por siempre con el señor.
“¡Ese será un día tan glorioso!”
Si ustedes nunca han aceptado el perdón de Dios, lo pueden hacer hoy al orar algo tan sencillo como la siguiente oración: “Dios mío, confieso que soy un pecador y estoy arrepentido de todo el mal que he hecho. Creo que tu hijo, Jesucristo, murió en la cruz por mis pecados. Por favor perdóname. Te invito, Jesús, para que entres en mi corazón y mi vida como mi Señor y Salvador. Te entrego y confío mi vida a ti. Por favor dame el deseo de ser lo que quieras que sea y hacer lo que quisiera que haga. Gracias por morir por mis pecados, por tu perdón y por el regalo de la vida eterna, y por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, Amén.”
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1. Levítico 17:11 (NVI).
2. Mateo 26:27-28 (NVI).
3. Una y otra vez en la segunda Guerra mundial, la sangre hizo la diferencia, por Douglas Starr, Smithsonitas, Marzo de 1995 páginas 125-138
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