“Su señor le respondió: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!”1
Después de servir como misionario por cuarenta años en África, Henrio C. Morrison enfermó y tuvo que regresar a América. Al llegar la gran embarcación al puerto de Nueva York había allí una gran muchedumbre reunida para dar la bienvenida a otro pasajero de ese barco. Morrison observó como el presidente Teddy Roosevelt recibió una gran bienvenida a casa después de su safari africano.
El resentimiento se apoderó de Henrio Morrsion y le dijo a Dios en cólera, “He regresado a casa después de que todo este tiempo y mi servicio a la iglesia y no hay nadie, ni una sola persona aquí para darme la bienvenida a casa.”
Entonces una pequeña y sutil voz vino a Morrison y le dijo, “Aún no estás en casa.”2
Se sugiere la siguiente oración: “Dios mío, ayúdame a recordar que mientras desee con tu ayuda vivir una vida plena y servirte fielmente, que las verdaderas recompensas aguardan mi llegada a casa para estar contigo por siempre en el cielo. Gracias por escuchar y responder a mi oración. De todo corazón en el nombre de Jesús, Amén.”
1. Mateo 25:21 (NKJV).
2. Brett Blair, www.Sermons.com
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